Por qué tu paciente no hace los ejercicios (y no es por vago)

Le mandas ejercicio de fuerza. «Es fundamental», le dices, y no mientes — lo es. Se nos llena la boca con la evidencia científica que hay detrás del ejercicio de fuerza, y es verdad, la evidencia está ahí, sólida, incuestionable. Pero muy poca gente que yo conozca lo hace de verdad, empezando por nosotros mismos. Ahora te pregunto a ti: ¿cuándo fue la última vez que tú hiciste fuerza en condiciones? No hace falta que contestes en voz alta. Ya lo sabemos los dos.

Y aquí está lo interesante: no es que no sepamos la evidencia. La sabemos mejor que nadie, la explicamos a diario, la citamos en consulta como si fuera nuestra biblia particular. El problema no es de conocimiento. Es que conocer la evidencia y actuar según ella son dos cosas completamente distintas, y tratamos ambas como si fueran la misma. Nos comportamos así porque el cerebro no funciona por argumentos racionales cuando toca decidir algo ahora mismo — funciona por lo que siente en ese instante, y un argumento científico no se siente, se entiende. Por eso puedes tener el dato del estudio en la cabeza y aun así elegir el sofá.

No es hipocresía, o no solo. Es algo más simple e incómodo: todos sabemos lo que es bueno. Eso nunca ha sido el problema, ni para ti ni para tu paciente. El problema es que, sabiéndolo, elegimos lo fácil igualmente.

Le explicas el ejercicio con calma. Le enseñas cómo hacerlo, cuántas series, cuántas repeticiones. Le dices por qué es importante. Asiente. Se va a casa.

Y en la siguiente sesión, no lo ha hecho.

Sé lo que se piensa en ese momento, porque a mí también me ha pasado: «no tiene fuerza de voluntad», «no le importa lo suficiente su recuperación». Es la explicación más cómoda. Pero hay otra, menos cómoda y mucho más útil: saber qué es lo correcto no cambia el comportamiento de nadie. Ni el de tu paciente, ni el tuyo.

Una historia que no tiene nada que ver con fisioterapia, pero lo explica mejor que cualquier manual

Te cuento algo que leí hace poco y no he podido dejar de pensar en ello. En 2009, Volkswagen y una agencia de publicidad se hicieron una pregunta muy simple en una estación de metro de Estocolmo: casi todo el mundo sabe que subir las escaleras es más sano que coger la mecánica de al lado. ¿Por qué casi nadie lo hace? (Puedes ver el vídeo original del experimento aquí.)

En vez de poner un cartel recordando lo importante que es hacer ejercicio (que es básicamente lo que hacemos nosotros con nuestros pacientes cada día), hicieron algo distinto: convirtieron la escalera normal en un piano gigante. Cada escalón sonaba una nota distinta al pisarlo.

De la noche a la mañana, sin explicar nada a nadie, la gente empezó a elegir la escalera musical en vez de la eléctrica. El resultado, medido de verdad: un 66% más de personas subieron andando. No cambió la información que tenían. Cambió lo que sentían al tomar la decisión.

Y esto es exactamente lo que pasa con los ejercicios en casa

Tu paciente no se salta los ejercicios porque no entienda por qué son importantes. Se los salta porque, comparado con no hacerlos, hacerlos no le da nada a cambio ahí mismo, en el momento. El beneficio (mejorar, recuperar movilidad) está lejos. El esfuerzo está delante, ahora. Y frente a esa balanza, cualquiera —tú y yo incluidos, con nuestro propio ejercicio— elige lo fácil la mayoría de las veces.

No es un fallo de carácter suyo. Es lo mismo que nos pasa a todos con la escalera mecánica.

Qué puedes hacer con esto, de verdad, en tu consulta

No hace falta convertir la rehabilitación en un juego de feria ni prometerle que hacer sus ejercicios va a ser «superdivertido» — eso suena a mentira y el paciente lo nota enseguida. Se trata de otra cosa más sencilla: quitar fricción y meter algo de recompensa inmediata en el propio proceso.

Que vea el progreso, no que se lo cuentes tú. Una tabla, un contador, algo tan simple como tachar días — le da una recompensa ya, hoy, en vez de un «ya verás cómo mejoras con el tiempo» que no siente nada.

Cuélgalo de algo que ya le importe, no solo del diagnóstico. No es «haz esto por tu tendinopatía», es «haz esto para poder coger a tu nieta en brazos sin miedo otra vez». Mismo ejercicio. Pero uno le toca la cabeza, y el otro le toca algo que de verdad le importa.

Quítale decisiones de en medio. Cuantas más cosas tenga que pensar para empezar (¿cuándo lo hago? ¿cuántas eran? ¿dónde apunté esto?), menos probable que lo haga. Que solo le quede una decisión: empezar, sí o no.

Dale algo que celebrar, aunque sea pequeño. «Lo has hecho toda la semana» hace el mismo trabajo que la nota de piano al pisar el escalón — una señal de que ha merecido la pena, sin tener que esperar semanas a notarlo en el dolor.

Lo que me quedo de todo esto

Explicar bien un ejercicio hace falta, pero no basta. La adherencia no se gana con más información ni con más avisos de lo que pasará si no lo hace. Se gana quitando fricción, y metiendo, aunque sea poquito, algo parecido a una nota de piano en cada escalón.


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