Lo que sientes por dentro cada vez que el paciente te dice «estoy igual» (y nunca dices en voz alta)

Pregúntale a un paciente cómo está, y en función de lo que responda va a pasar algo dentro de ti que casi nunca dices en voz alta.

Si dice que está mejor, algo se relaja. Por dentro piensas: bien hecho. Si dice que está igual, o peor, algo se tensa. Y ahí es donde empieza el problema: en vez de quedarte con el dato, empiezas a buscar un culpable. A veces eres tú («no lo he hecho bien»). A veces es el paciente («seguro que no ha hecho los ejercicios en casa»). Casi nunca es lo que realmente es: información, ni más ni menos, que hay que valorar dentro de un proceso.

No es algo que suela decirse en voz alta. Ni al paciente, ni a un compañero, ni siquiera a uno mismo del todo. Pero llevo más de veinte años en consulta y tutorizando a alumnos de Practicum, y te puedo asegurar una cosa: cuando hay confianza suficiente para hablarlo, casi todos lo reconocen. No es un fallo tuyo. Es un patrón tan común que merece tener nombre — y merece que lo miremos de frente.

Mito: «Si el paciente mejora, lo he hecho bien. Si no mejora, algo ha fallado»

Es la lógica que seguimos casi sin darnos cuenta: la respuesta de una sesión se convierte en un veredicto sobre nuestra competencia profesional. Mejora → acierto. No mejora → error, en algún sitio, de alguien.

Realidad: una sesión no es un veredicto, es un dato dentro de un proceso

El proceso terapéutico no es una línea recta. Hay días buenos, días de meseta, incluso días de retroceso que forman parte normal de la evolución. Juzgar tu criterio clínico — o tu valía profesional — por la respuesta puntual de una sesión es un error de escala: le pides a un solo punto que te cuente la historia completa de una curva.

Esto no pasa una vez. Pasa sesión tras sesión, durante semanas o meses de tratamiento, casi siempre en silencio. Y por callarse, pesa más: como no se verbaliza, no se cuestiona. Se convierte en una especie de termómetro emocional automático que muchos fisios llevan encendido sin saber muy bien cuándo lo activaron.

El sesgo tiene nombre: sesgo de autoservicio

En psicología se conoce como self-serving bias: la tendencia a atribuirnos los éxitos y a buscar causas externas para los fracasos. Aplicado a la consulta, funciona así — el mérito de la mejora se lo queda el fisio, la culpa del estancamiento se reparte entre «no lo he hecho bien» y «el paciente no ha colaborado».

Pero aquí hay algo más interesante que el sesgo cognitivo en sí: no es solo un error de razonamiento. Es un sesgo con carga emocional, porque fusiona dos cosas que deberían estar separadas — el proceso clínico del paciente, y la autoestima profesional del fisio. Cuando esas dos cosas se funden en una sola sesión, cada «¿cómo estás?» deja de ser una pregunta clínica y se convierte, sin que nadie lo decida conscientemente, en una pregunta sobre uno mismo.

Las dos caras del daño

Al razonamiento clínico. Le das un peso desproporcionado a un solo dato subjetivo de una sola sesión, en lugar de valorarlo dentro de la evolución completa del proceso. Eso puede llevarte a cambiar de estrategia demasiado pronto, o a insistir en algo que no funciona por miedo a «haber fallado» si lo cambias.

A la relación terapéutica. Cuando por dentro se culpa al paciente («no habrá hecho los ejercicios»), aunque no se diga con esas palabras, algo de eso se filtra — en el tono, en la actitud, en una pregunta hecha con un poso de reproche. El paciente lo nota, aunque no sepa ponerle nombre.

Al propio fisio. Esta es la parte de la que menos se habla. Vivir la autoestima profesional al ritmo de las respuestas de cada paciente en cada sesión es agotador. Es un ciclo de validación externa constante, sesión tras sesión, en vez de un criterio interno estable basado en el proceso. Sostenido en el tiempo, ese ciclo es un camino directo hacia la sensación de fraude — de no ser lo bastante bueno — o hacia el desgaste profesional. No como una exageración dramática, sino como una consecuencia lógica de cómo está montado el patrón.

La alternativa: valorar desde el equilibrio, sin juzgar

Aquí es donde conecta con algo que ya hemos hablado en este blog: reevaluar, dentro del Método VEDA, no es preguntar y reaccionar emocionalmente a la respuesta. Es recoger el dato — mejora, empeora, se mantiene igual — y contextualizarlo dentro del proceso completo, sin convertirlo en un juicio sobre el paciente ni sobre ti.

Cuando las cosas van bien, van mal, o simplemente van, hay que poder mirarlo desde el mismo sitio: con curiosidad clínica, no con alivio o con culpa. Eso no significa dejar de sentir nada — significa no dejar que ese sentimiento decida por ti lo que haces con el dato.

Si esto te suena, no es que hagas mal tu trabajo. Es que nadie te enseñó a separar tu valía profesional de la respuesta de tu paciente. Y saber que le pasa prácticamente a todos — aunque casi nadie lo diga en voz alta — ya quita bastante presión de encima.


¿Quieres afinar tu criterio clínico más allá de la técnica?

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